Ahora sí.
No ha pasado ni una hora desde el post anterior, pero entre la lectura y la buena música -o al menos, la que acompaña- siento que puedo escribir, puedo escribir de nuevo y no es nada más que gracias a una especie de sensación de muerte, a un dejo de dolor incidental que ha aparecido en medio de una pieza calurosa por la estufa que lleva encendida toda la tarde.
Temo que nadie vuelva a escribir por mí. Que nadie vuelva a amar incluso la oscuridad que me ronda, temo que jamás volvamos a reirnos por nada y por todos, temo que jamás ante el miedo encuentre un (a)brazo atento, una palabra inoportuna en su decir, una crítica amigable, un pequeño odio desatado. Temo que el amor en toda su maldad y dulzura no vuelva a posarse por aquí, simplemente porque ya se acabó cualquier clase de motivo para volver, pues nos dimos cuenta que la insistencia no vale la pena, que nunca ha sido posible, que siempre fuimos demasiado estupidos.
Quiero hacer incluso como que deseo el amor. Quiero jugar a que no soy capaz de reponerme para ver si es que del simulacro del dolor aparece la vida. La vida vital y vitalizada con todas sus redundancias.
Sentir tranquilidad es una experiencia nueva, una sensación ante todo: nueva. Siempre y como siempre la melancolía era un estado perpetuo. Con serenidad no he vivido nunca, hasta hoy, hasta estos días en que el tren parece, al menos, andar.
Juguemos un poco a que las cosas no han pasado, luego reflexionamos sobre ellas y somos como nos gusta ser.
Voy a temblar pensando en lo que no puede ser.

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