Creo que cuando le puse nombre a este diario de vida, lo hice sin pensarlo demasiado. Sonaba un disco que me gustaba mucho y me apropié de los títulos de las canciones. Sólo eso.
Ahora que me gusta tanto pensar(me), poner en palabras, escribir lo que me pasa, me acuerdo de cuando tenía 15 años, y muchas agendas desperdigadas por la pieza, todas llenas de cartas de amor, de cuentos, de ideas, de vida, de alegría y dolores de niña.
Siempre tuve mucho deseo de aldultez, me parecía -y aún me parece- que la autonomía y las herramientas para tomar tus propias decisiones son altamente preferibles a las reglas de las instituciones ligadas a la infancia/juventud. También creo que ser la más chica de la familia, la única mujer de los hermanos, la menor de los primos, etc., es un karma bien grande a la hora de validarte ante los otros, en mi caso además, donde mi llegada a casa está cruzada por mucha fragilidad, sobreidentificación y protección.
Nunca pensé que podría decirlo, pero es difícil lidiar con tanto amor. Con tantas madres dispuestas y llamadas a ser mi madre.

La autobiografía de mi madre de Jamaica Kincaid, comienza con la frase “mi madre murió en el momento en que yo nací, y así, durante toda mi vida, no hubo nunca nada entre yo y la eternidad”. Unas líneas después, en la misma página aparece: “en mi origen estaba esa mujer cuyo rostro yo no recordaba, pero al final no había nada, nadie entre mi persona y ese negro espacio que es el mundo”.
Para mí, sin duda, todo ha sido menos trágico, pero los significantes se enredan cuando en una pregunta alguien dice: ¿estaba tu mamá cuando naciste?… ¡qué clase de desgarradora pregunta puede ser esa! No, mi madre no estaba, cuando volvió de vacaciones me encontró donde me encontró. El amor nos hizo encontrarnos dirían los más y menos místicos. Pero lo cierto es que es necesario creer en frases como esa para mantenerse con vida.
Todo desaferrarse ocurre demasiado pronto, y en ese sentido nada me hace tan diametralmente distante al resto. Quizás lo difícil está en pensar en ese rostro perdido, en ese cuerpo sin cuerpo.
De aquí en adelante quisiera que no hubieran tantos personajes para llenar un mismo significante. En mi final, en mi entremedio, sí hay muchos algos, a diferencia del personaje de la novela de Jamaica Kincaid. Puedo proyectar el futuro y desear sin problemas que haya un sólo nombre que recaiga en la palabra “pareja”, en la palabra “hijo”, en la palabra “hija”, pues vaya que es complicado pensar en más de un papá, más de una mamá, un hermano biológico, un hermano adoptivo, un hermano de vida, un amigo-hermano.

Todo esto fue un rodeo o más bien una introducción para hablar de llamada. La “llamada a”, llamada a ser, llamada a amar, llamada a cumplir, llamada a responsabilizarse, llamada a poner el cuerpo.
A todo eso me siento llamada diariamente, con todo eso me (re)encuentro, ahora en que muchos años de mi vida me suenan ajenos, y estoy feliz de que se hayan ido lejos. No la infancia, no la adolescencia. Años atrás en que no me entendía mucho, pero en los que aún así amé, crecí, leí, y fui valiente.
Bueno, insisto, esta larga introducción te llama también. Te llama a ser, a estar, a caer aquí. Yo entiendo el miedo, algo conozco la inquietud continua y tan humana sobre el desaferrarse. Sé que puedo cuidarte, sé que puedo amarte. Sé que puedo equivocarme, pero podemos hacer tantas cosas para volver a empezar.

Y como J.D en La tarjeta postal:

y cuando te llamo amor mío, amor mío, ¿te llamo a ti o al amor mío? Tú, amor mío,
¿acaso es a ti a quien así nombro, acaso es a ti a quien me dirijo? No sé si la pregunta está
bien formulada, me da miedo. Pero estoy seguro de que la respuesta, si ha de llegarme
algún día, vendrá de ti. Sólo tú, amor mío, sólo tú habrás sabido
nos pedimos lo imposible, como lo imposible, ambos.

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