La verdad es que no sé si este post se debiese llamar telepatía o no. Pensé también en que podría llamarse “intimidad”, pero dejemos por ahora esta opción como su nombre secreto.
Me duele el hombro hace un par de días, no sé por qué. Pero me molesta. Me acuerdo del dolor horrible que tenía en el hombro después de la operación del año pasado, y me devuelvo un poco a esos días en que no lo pasé muy bien. De todas maneras, con el yoga tengo dolores musculares constantes, algunos derechamente agradables y otros algo incómodos.

Vuelvo a telepatía. Me dispersé de pronto y me entregué a la dispersión.
Anoche volví a casa con una sensación maravillosa. Creo que pocas veces la palabra entrega me había hecho tanto sentido. Al principio tenía miedo y, bueno, lo sigo teniendo. Pero quizás el miedo está más atenuado por la belleza de las horas y minutos con él. Siempre me ha parecido que el amor sólo se vive cuando hay confianza, o dicho de otro modo, la cotidianidad, la telepatía, el adivinar(se) con el otro, siempre tienen que ver con la confianza, con el tiempo, con las palabras repetidas ad infinitum.
A veces tengo prisa, pero más que prisa tengo miedo. Lo inasible me desconcierta, me provoca una sensación de vacío bien profunda. Me angustia (sí, tantas veces al día que se me aparece la palabra angustia).

Ayer mientras lo esperaba, el corazón me latía fuerte. Pensaba en lo incierto de lo que venía, apaciguaba mis expectativas, y sobre todo me sentía absolutamente arrojada a lo que hubiera que escuchar, vivir, amar, tocar, o compartir con él. Como nunca he sentido que vale la pena protegerse un poco menos e insistir un poco más, mantenerme firme en una posición, pero atenta también a esucharlo, a mirarlo sin el cedazo de lo que yo quisiera que él fuera.
Siempre hay palabras, frases encriptadas que nos decimos el uno al otro. Algunas de ellas se me olvidan, me resisto a comprenderlas. Es paradójico, pero estoy casi segura de que recuerdo más las frases dolorosas que las promesas.

Me gusta ir de a poco sabiéndo(lo) más. Abriendo cajitas, sacándole telas. Me gusta comprobar teorías y sensaciones, botar y recuperar prejuicios.
No me arrepiento de nada. Me convenzo de mis decisiones y aunque los otros, muchos de mis queridos otros me contienen y me acompañan, sólo somos él y yo los que sabemos de nosotros.

Vuelvo a telepatía (otra vez): ayer jugamos a la transmisión de pensamientos, había que adivinar el sabor de sopa que el otro pensaba. Ambos acertamos. Ambos confiamos. Ambos nos asustamos.

Advertisement