Remi, mi perrito, duerme a mis pies, usa su cama y se queda muy quieto. Aunque quizás aún es muy pequeño para no quedarse tranquilo.
Anoche conversaba con C.R, una de esas personas que me hacen sentir en calma. Contenida, como le dicen, y le contaba que había llegado recién mi perro. Le dije que no iba a salir porque quería quedarme cuidándolo, me preguntó por qué, y yo le dije que es lo más parecido que tengo a un hijo… ¿quieres un hijo?, era la pregunta obvia que vendría, y claro, respondí que quizás sí, pero que en verdad me faltan algunos pasos lógicos para ello, como tener un “marido”. El rollo, más allá de que un hijo no cabe mucho en los planes ahora, y mi perro está pensado también como una compañía para mis padres cuando yo parta a París, tiene que ver con la actitud, con una cierta toma de posición frente a lo que es prioritario en mi vida ahora. Antes, yo pensaba que me podía ir sola donde fuera, y ahora no quiero que sea así. Tengo un lugar desde donde partir y donde llegar, y ese lugar es mi casa, mis padres, mis hermanos, mis amigos, Ñuñoa, Santiago de Chile… un lugar que es mío y que me espera o entiende mis partidas a toda prueba, aún cuando no vuelva más o me pase un buen tiempo afuera.
Es por eso que he querido pasar acá un tiempo más. Me ha resultado tan natural darme cuenta que no hay razones para irse, salvo mis ganas de Derrida, de París, de psicoanálisis, de Europa. No soy extranjera aquí, este es mi lugar, o uno de tantos que pueden ser. Por eso mi perro, por eso mi casa, por eso mis amigos. Por eso un “marido” (aunque entre comillas), por eso la decisión de amar. Aunque a simple vista pareciera que esa decisión la tomé hace mucho, no es cierto. Hace poco que confieso de esta manera el amor. Siempre había una suerte de pudor, una especie de principio de austeridad, y una voluntad por la fuga. Para llegar donde otro hay que haber pasado antes por uno. Y viceversa. Por eso creo que aún cuando las tardes de domingo me dejan melancólica y un tanto expuesta, puedo estar tranquila, esperar, desear, avanzar y tomar con absoluta certeza lo que quiero.
A C.R también le conté que me compré una crema para las arrugas. ¿Te sientes vieja? Eso no importa, me dijo. Yo respondí que no, que me gusta, que me gustan mis cremas, que me gustan mis ganas, que me gusta ser grande y, bueno, que siempre me ha dado cierto pudor sentirme pendeja.

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