Prendo los inciensos tibetanos comprados a medias con mi profesora de yoga, pongo unos boleros en mi reproductor de música, y hago de la experiencia de la despedida un momento sincrético, que se acompaña de todos los suplementos que a veces necesito para estar en pie.
La muerte siempre es una sorpresa. La preparación nunca es tan perfecta, aún cuando las agonías y las despedidas sean largas. La nuerte siempre insiste con un aire frío, con un color verdoso, con angustias y desconciertos.
Anoche tuve tantas pesadillas como sueños. No sé que haría si desde hace un tiempo no tuviera un perro que duerme conmigo. Dormir sola se me hace una cuestión insoportable. Absolutamente indeseable. Pero aún así la entrada a mi cama es más difícil que la salida.
Despedir hoy a mi abuela, me hace sentir una pequeña “misión cumplida”. Acompañé y acompaño a mi madre como sentía que tenía que hacerlo. Sin duda, me llevo menos peso en la mochila parisina. Sin duda, puedo sentirme mucho más tranquila si ella descansa.
Advertisement

Deja un comentario
Feed de los comentarios de este artículo