Me pregunto cuántas caminatas pudimos dar juntos. Cuántas escenas ficticias de encuentro familiar, amistoso, amoroso, pudieron haberse animado a partir de nuestra obvia cotidianidad.
Somos de esas personas que caminan siempre al mismo sitio. Que se cruzan mil veces hasta que se encuentran. Que no se miran hasta el momento en que han de mirarse.
No quiero parecer como si creyera en el destino. No te lo he contado pero casi no creo o, bueno, me cuesta creer. Eso hace que el amor me sea esquivo, que me cueste desprenderme de todo aquello que no permite la entrega.
Sueño con un amor sin reservas, como si tal explosión pudiera soñarse. Sueño con que de verdad hayan razones para quedarse en un sitio u otro, en una vida u otra, aferrada a un amor al cual no haya que desaferrarse demasiado pronto.
Sueño como si pudiera soñarse, que nada de lo que nos separa existe. Que el amor nuestro puede sobrepasar cualquier frontera, cualquier cuerpo en una cama, cualquier aparente desencuentro. Espero como si te enredara mi quietud, firme mirándote a los ojos, diciéndote aquello imposible, imposible de palabras, excesivo de gestos.
Te digo de a poco que te quiero y en cada pestañeo aumenta nuestro enamoramiento. Sueno torpe, me hago fuerte, aquí estoy, aquí vengo.
Supongo sin interrupciones, me instalo insegura, sonrío ante tus equivocaciones (nunca las llamaría equivocaciones).
Cuántas veces en la vida pasará esto. Cuántas vidas efectivamente pasarán por el amor que te tengo. No hay vida después de la muerte.
Necesito desenrollarte, abrazar tu piel, volverte cenizas. Develar lo más pequeño. Quemar nuestras certezas.
No habrá más de nosotros en otro tiempo.
Advertisement

Deja un comentario
Feed de los comentarios de este artículo