I only write love-letters.
De un tiempo a esta parte se ha hecho tan reconfortante conversar con E.F. Pareciera que el gtalk incluso es un medio al menos decente de comunicación y que se pueden discutir temas diversos, otras estupideces varias, correcciones de estilo, responsabilidades del estudiante de filosofía, condiciones de visibilidad, y otras cuestiones de actitud. De actitud vital, de actitud filosófica, de actitud internáutica y oficinística.
Nota: Una vez le pregunté a E.F qué opinaba: ¿cuál será mejor, derridiana o derrideana?
Primero dijo una, después se arrepintió.
C y E se pelean por peinarme. C encuentra la peineta y el colet primero, E se lo quita y no deja que sea su hermana quien se adueñe del beneficio de ser vanguardia.
E llora en el suelo cuando abogo y le restituyo la peineta roída y robada a C. Trato de consolarla, de retarla, de entenderla, de contenerla, de moralizarla. C por fin se rinde y la deja no más, deja que sea E la primera -y la única- que me peinará esta tarde.
C por mientras encuentra su propio juego. Una guagua llora en una cuna y yo, la adulta más cercana, no puedo ir a consolarla. Es que cuando un adulto es de uno, o en este caso de dos niños, el amor se pelea a muerte. C asume su rol de segunda persona adulta a bordo, me indica que la guagua llora, le digo que quizás es porque se le cayó el chupete. Primero me llama, debo ser yo quien se lo ponga. No puedo moverme de la sesión de peinado, así que C actúa por su cuenta. Acerca una silla y se sube a la cuna de la guagua, le pone el chupete, le hace un cariño rápido y se baja. Me mira y me cuenta lo que hizo. Yo la felicito, le muestro un pulgar, le sonrío. Sabe que me ha emocionado. Sabe que encuentro maravilloso que a los dos años y medio sepa que a sus compañeros, a sus pequeños amigos y hermanos, hay que ayudarlos, hay que contenerlos, hay que amarlos.
Después de la felicidad se me aprieta el corazón, ¿es ella quién debe hacerlo?
Luego de pensarlo un segundo, pienso que no. En este mundo no, en este mundo quizás no le corresponde cargar con el llanto ajeno, con el llanto de un niño más pequeño que sus dos años y medio. En un mundo mejor sí. En un mundo de niños y niñas compañeros sí. Casa Catalina a veces se me hace este pequeño mundo, donde los niños a pesar de la pobreza, de la tristeza, del descuido, no están solos… y lo saben.
Cuando los dolores sean otros, cuando no nos peleemos a muerte por el amor, podremos poner chupetes, podremos amar sin miedos, sin tristezas, sin ansiedades y sin posesiones. Podremos tener certezas y seremos felices cuando podamos soltarlas. Cuando CPS habla del comunismo dice que no es que en él se acabará el desamor o la tristeza. La diferencia, la gran diferencia, es que la posibilidad de la felicidad será real y no nos rondará la muerte cada vez que una peineta menos nos haga sentir que con eso perdemos a un pequeñísimo sucedáneo del amor de mamá. Cuánto desearía por un momento regalarles este mundo a C y E. Cuánto desearía que no sintieran que me pierden cuando me voy de vuelta a casa.
Espero algún día poder saldar nuestra deuda. Es de todos, pero yo decidí encarnarla.
Gracias de nuevo, C y E.
Antes de irme por fin del trabajo, de comprarme un sandwich de quesillo, de ir a las clases de francés (qué me hacen tan feliz), de tratar de leer un poco el libro de Derrida como “pensador del resto”, de asomarme a la calle para ver si hace frío, de pensar en los regalos de cumpleaños de esta semana, de planear las vacaciones, de querer sólo dormir, de comprarme un jugo de naranja de la salida del metro, de pensar en el texto de Lévinas y en su tilde en la e, antes de todo eso, antes de todo, todo, todo, todo eso, solamente voy a respirar profundo y me voy a poner contenta otra vez por la vida y por las ganas de que haya vida, por la fabulosa novedad de desear la vida.
Me emociona. Me da vida
Eso necesito.
Ahora sí.
No ha pasado ni una hora desde el post anterior, pero entre la lectura y la buena música -o al menos, la que acompaña- siento que puedo escribir, puedo escribir de nuevo y no es nada más que gracias a una especie de sensación de muerte, a un dejo de dolor incidental que ha aparecido en medio de una pieza calurosa por la estufa que lleva encendida toda la tarde.
Temo que nadie vuelva a escribir por mí. Que nadie vuelva a amar incluso la oscuridad que me ronda, temo que jamás volvamos a reirnos por nada y por todos, temo que jamás ante el miedo encuentre un (a)brazo atento, una palabra inoportuna en su decir, una crítica amigable, un pequeño odio desatado. Temo que el amor en toda su maldad y dulzura no vuelva a posarse por aquí, simplemente porque ya se acabó cualquier clase de motivo para volver, pues nos dimos cuenta que la insistencia no vale la pena, que nunca ha sido posible, que siempre fuimos demasiado estupidos.
Quiero hacer incluso como que deseo el amor. Quiero jugar a que no soy capaz de reponerme para ver si es que del simulacro del dolor aparece la vida. La vida vital y vitalizada con todas sus redundancias.
Sentir tranquilidad es una experiencia nueva, una sensación ante todo: nueva. Siempre y como siempre la melancolía era un estado perpetuo. Con serenidad no he vivido nunca, hasta hoy, hasta estos días en que el tren parece, al menos, andar.
Juguemos un poco a que las cosas no han pasado, luego reflexionamos sobre ellas y somos como nos gusta ser.
Voy a temblar pensando en lo que no puede ser.
No tengo muchas ganas de decir cosas, pero no quiero que pase demasiado tiempo sin escribir nada. Puedo contar que he estado buena parte de la tarde viendo videos de los años 90, ahora estoy escuchando Lucybell aunque nunca me gustó mucho.
Eso por el momento.
Tengo planes nuevos también. Muchos planes nuevos.
1. Los perros se suben a las micros
2. Tengo menos sueño de que de constumbre o simplemente puedo dormir menos
3. Corro un poco para llegar a los lugares a tiempo
4. No me gustan los huevos
5. Puedo esperar sin pelear
6. Compro con premura las entradas a Aznavour
Por un momento me han dado ganas de viajar. Tener vacaciones, pero con frío.
Croacia podría ser un destino. Dicen que es lindo.